Fecha y Lugar de Nacimento:
12 de julio de 1879, Brooklyn, Nueva York

Fecha y Lugar de Fallecimiento:
23 de febrero de 1964, Santurce, Puerto Rico

Posición: Pionero

A comienzos de 1896, mientras Puerto Rico permanecía bajo el dominio colonial español, comenzó de manera silenciosa un movimiento que habría de encender una de las expresiones culturales más perdurables del pueblo puertorriqueño: el béisbol. Este esfuerzo pionero no fue accidental ni producto de una acción colectiva espontánea. Surgió de la visión y determinación de un joven llamado Amos Iglesias Van Pelt.

Nacido en Brooklyn el 12 de julio de 1879, hijo de padre puertorriqueño, Emilio Iglesias, y de madre neoyorquina, Amalie Van Pelt, Amos llegó a Puerto Rico en 1895. De herencia mixta y formado entre dos mundos, poseía el liderazgo, la disciplina y la pasión que sentarían las bases de un deporte destinado a convertirse en pilar de la identidad puertorriqueña.

Mientras caminaba por Puerta de Tierra, en la Parada 3 de San Juan, en un área conocida como La Granja, Iglesias fue testigo de una escena que alteraría la historia deportiva de la Isla: un hombre con un bate y una bola. Aquel hombre era Braulio Sánchez, un cubano que le explicó que había jugado béisbol en Cuba y que otras personas en la Isla también conocían el juego. Entre ellos se encontraban dos hermanos de apellido León, sobrinos del entonces Capitán General Cabán, y un jugador conocido como Caballero.

Al igual que Iglesias, estos primeros jugadores practicaban el béisbol de manera informal, un deporte que habían aprendido bajo la influencia norteamericana. Sin embargo, lo que distinguió a Iglesias no fue el mero conocimiento del juego, sino su visión para trascender la práctica casual y avanzar hacia la organización, la enseñanza y el desarrollo institucional del béisbol en Puerto Rico.

Iglesias manifestó su interés en conocerlos, intuyendo la posibilidad de algo mayor: la formación de equipos organizados. Aquel momento marcó el inicio.

Pronto se desarrolló una amistad entre Braulio Sánchez y Amos Iglesias. Trabajando hombro a hombro, organizaron dos equipos. Sánchez reunió a los jugadores cubanos y bautizó a su conjunto como Almendares. Paralelamente, Iglesias se comprometió a enseñar el juego a jóvenes puertorriqueños, con la ayuda de tres compatriotas que compartían su visión: el doctor Manuel del Valle, el ingeniero Manuel Saldaña y Jesús Cabañas, quien había vivido en Cuba y conocía bien el deporte.

De esos esfuerzos surgió el Borinquen Baseball Club, el primer equipo compuesto íntegramente por jugadores puertorriqueños. Entre sus primeros integrantes se encontraban Amos Iglesias (P), Jesús Cabañas (C), Ignacio Carballeira (CF), Jorge C. Colombani (LF), Manuel del Valle (LF), Rafael González (1B), Eduardo Saldaña (3B), Armando Morales (2B), Enrique Gatell (3B), Luis J. Colombani (RF), José Deupí (RF), Félix Montañez (CF) y D. Géigel (SS), y como reservas Francisco Gatell, Antonio Cabañas, Severo González y José de Jesús Tizol. Sus primeras prácticas se realizaron en los terrenos donde posteriormente se levantaría la Biblioteca Carnegie.

Con ambos equipos establecidos, Iglesias coordinó con Francisco de Álamo Jiménez, presidente del Velódromo de Santurce —ubicado en la Parada 15— la adaptación de la pista de ciclismo para convertirla en un campo de béisbol. El primer diamante fue trazado allí por David Noble y Tito Escalona, marcando el inicio del béisbol formalmente estructurado en la Isla.

Los primeros juegos oficialmente programados se fijaron para el 9 de enero de 1898, entre Almendares y Borinquen. La lluvia suspendió el encuentro en la tercera entrada. Un segundo intento, el 16 de enero, corrió la misma suerte, nuevamente interrumpido por el clima, con Borinquen al frente 3–0.

Finalmente, el 30 de enero de 1898, Borinquen derrotó a Almendares 9–3 en nueve entradas, convirtiéndose en el primer juego completo y oficialmente registrado en la historia del béisbol puertorriqueño.

Los partidos continuaron casi todos los fines de semana, aumentando de manera constante el entusiasmo y la organización. Ese impulso, sin embargo, se vio abruptamente interrumpido. La explosión del acorazado Maine en el puerto de La Habana detonó la Guerra Hispanoamericana, deteniendo súbitamente el temprano desarrollo del béisbol en la Isla.

Iglesias recordaría más tarde que, a medida que colapsaban las relaciones entre España y Estados Unidos, el béisbol —percibido como un juego estadounidense— se convirtió en motivo de sospecha. Temiendo represalias por parte de las autoridades españolas, los jugadores optaron por suspender la práctica en el velódromo. Con la llegada de la guerra, la actividad beisbolera en Puerto Rico se detuvo por completo.

En años posteriores, Iglesias fue entrevistado en numerosas ocasiones por periódicos y revistas puertorriqueñas, donde relató con detalle los primeros capítulos del béisbol en la Isla. Sus aportaciones recibirían eventualmente reconocimiento formal. El 7 de febrero de 1958 fue exaltado a la clase inaugural del Salón de la Fama del Deporte Puertorriqueño. Al día siguiente, fue invitado a realizar el lanzamiento ceremonial de la primera bola en la Serie del Caribe, celebrada en el Estadio Sixto Escobar.

Estos acontecimientos marcan el nacimiento formal del béisbol en Puerto Rico, hecho posible gracias a la visión, el liderazgo y la disciplina organizativa de Amos Iglesias Van Pelt, cuyas acciones entre 1896 y 1898 sentaron las bases de un deporte destinado a perdurar por generaciones.

In early 1896, while Puerto Rico remained under Spanish colonial rule, a quiet movement began—one that would ignite one of the most enduring cultural expressions of the Puerto Rican people: baseball. This pioneering effort was neither accidental nor the product of spontaneous collective action. It emerged from the vision and determination of a young man named Amos Iglesias Van Pelt.

Born in Brooklyn on July 12, 1879, to a Puerto Rican father, Emilio Iglesias, and a New York–born mother, Amalie Van Pelt, Amos arrived in Puerto Rico in 1895. Of mixed heritage and shaped by two worlds, he possessed the leadership, discipline, and passion that would lay the foundation for a sport destined to become a pillar of Puerto Rican identity.

While walking through Puerta de Tierra, at Stop 3 in San Juan, in an area known as La Granja, Iglesias witnessed a scene that would alter the Island’s sporting history: a man holding a bat and a ball. That man was Braulio Sánchez, a Cuban who explained that he had played baseball in Cuba—and that others on the Island knew the game as well. Among them were two brothers with the surname León, nephews of then–Captain General Cabán, and a player known as Caballero.

Like Iglesias, these early players practiced baseball informally, a sport they had learned through American influence. What distinguished Iglesias, however, was not mere familiarity with the game, but his vision to move beyond casual play toward the organization, instruction, and institutional growth of baseball in Puerto Rico.

Iglesias expressed his interest in meeting them, sensing the possibility of something greater: the formation of organized teams. That moment marked the beginning.

A friendship soon developed between Braulio Sánchez and Amos Iglesias. Working side by side, they organized two teams. Sánchez gathered the Cuban players and named his team Almendares. At the same time, Iglesias committed himself to teaching the game to young Puerto Ricans, aided by three compatriots who shared his vision: Dr. Manuel del Valle, Engineer Manuel Saldaña, and Jesús Cabañas, who had lived in Cuba and was well acquainted with the sport.

From those efforts emerged the Borinquen Baseball Club—the first team composed entirely of Puerto Rican players. Among its early members were Amos Iglesias (P), Jesús Cabañas (C), Ignacio Carballeira (CF), Jorge C. Colombani (LF), Manuel del Valle (LF), Rafael González (1B), Eduardo Saldaña (3B), Armando Morales (2B), Enrique Gatell (3B), Luis J. Colombani (RF), José Deupí (RF), Félix Montañez (CF), D. Géigel (SS), and as reserves   Francisco Gatell, Antonio Cabañas, Severo González y José de Jesús Tizol. Their earliest practices took place on the grounds where the Carnegie Library would later stand.

With both teams established, Iglesias coordinated with Francisco de Álamo Jiménez, president of the Santurce Velodrome—located at Stop 15—to adapt the bicycle track into a baseball field. The first diamond was laid out there by David Noble and Tito Escalona, marking the beginning of formally structured baseball on the Island.

The first officially scheduled games were set for January 9, 1898, between Almendares and Borinquen. The rain suspended the contest in the third inning. A second attempt, on January 16, met the same fate, again halted by weather, with Borinquen leading 3–0.

Finally, on January 30, 1898, Borinquen defeated Almendares 9–3 in nine innings—the first complete and officially recorded baseball game in Puerto Rican history.

Games followed nearly every weekend, steadily building enthusiasm and structure. That momentum, however, was abruptly interrupted. The explosion of the battleship Maine in Havana Harbor triggered the Spanish–American War, bringing the early development of baseball on the Island to a sudden halt.

Iglesias later recalled that, as relations between Spain and the United States collapsed, baseball—perceived as an American game—became a source of suspicion. Fearing reprisals from Spanish authorities, the players chose to discontinue play at the velodrome. With the arrival of war, baseball activity in Puerto Rico came to a complete stop.

In later years, Iglesias was interviewed numerous times by Puerto Rican newspapers and magazines, where he recounted in detail the earliest chapters of the game on the Island. His contributions would eventually receive formal recognition. On February 7, 1958, he was inducted into the inaugural class of the Puerto Rico Sports Hall of Fame. The following day, he was invited to throw the ceremonial first pitch at the Caribbean Series, held at Sixto Escobar Stadium.

These events mark the formal birth of baseball in Puerto Rico, made possible by the vision, leadership, and organizational discipline of Amos Iglesias Van Pelt, whose actions between 1896 and 1898 laid the foundations of a sport that would endure for generations.

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